Un pequeño balance vital

Hace unos meses cumplí 36 años. Me es difícil auto percibirme como alguien que ya está cerca de los cuarenta. En mi mente aún me siento de 25. Sin embargo, claramente no es así. Estoy más tranquilo y satisfecho conmigo mismo que hace 10 años, incluso que hace cinco. Antes todo era potencial y las alternativas llovían. Eso, más que ayudarme, me agobiaba, porque quería elegir bien. Siempre me ha costado tomar decisiones importantes, aunque tengo que decir que, una vez tomada la decisión, me mantengo firme en ella. Lo que cuesta – y demora – es el proceso que lleva a decidir algo. Soy soltero, no tengo hijos, abandoné una carrera universitaria que era la opción más segura, y trabajo en un lugar que es la antítesis de lo que buena parte de mi entorno esperaba para mí. Todo eso ha sido por decisiones – o por intencionadas omisiones, que es lo mismo – que he tomado en base a lo que funciona en mi vida y lo que no. Siempre he funcionado así: prueba y error. Pruebo algo y voy viendo si me sirve, si encaja conmigo, si se me da bien. Si es así, continúo. Si no, adiós. No soy un arquero que prepara arco y flecha, apunta con precisión y, paciente, espera que llegue el momento correcto para disparar. Nah, yo simplemente suelto la caballería y veo si triunfo o soy aplastado por el enemigo. Es mi manera de hacer las cosas, la que se me da más fácilmente. Así he aprendido lo que quiero y lo que no, aquello que hay que profundizar y aquello que es mejor abandonar.

Entonces, ¿qué he aprendido en estos treinta y seis años de vida? Aquí va una lista de las principales lecciones que me ha enseñado la vida, y que me sirven para conducirme en ella. Son como un candelabro que uno sostiene en la oscuridad, que te ayuda a iluminar un poco el camino, para así no tener que avanzar a tientas.

1.      No te mientas a ti mismo. Puedes mentirle a todo el mundo, pretender que eres alguien que no eres realmente, que estás feliz o enojado cuando no lo estás, que estás enamorada de una persona, o lo que sea. No lo recomiendo, porque mentir termina pasándote la cuenta, peeeero… hay muchos que lo hacen. Si es que tú eres una de esas personas, lo único que te aconsejo es… ok, si no hay más remedio, finge frente al mundo, pero sé honesto contigo mismo. No hay nada más liberador y tranquilizador que mirarse al espejo y saber quién es uno mismo. ¿Engañaste a tu pareja? ¿robaste un banco? ¿eres gay y no has salido del closet? ¿te gusta Outlander? Todo – o casi todo, siempre hay hijos de puta que no reciben su merecido – termina saliendo a la luz, pero mientras no trates de convencerte que eres algo que no eres, al menos habrá una dosis de honestidad dentro de ti que te dará, lo creas o no, paz.

2.      Sácate las espinas clavadas. Todos tenemos pendientes en nuestra vida. Algo que morimos de ganas de hacer, alguien que amamos secretamente y ante quien queremos declararnos… desafíos, sueños, obsesiones que nos atormentan y nos mantienen despiertos en la noche. No perseguirlos es algo que nos carcome por dentro, nos corroe como termitas a una casa de madera. Si el miedo es lo que te frena, miedo a lo que sea, haz TODO LO QUE PUEDAS por vencer ese miedo. El miedo frena, el miedo paraliza, el miedo estresa, el miedo hunde, el miedo estanca, el miedo es tu enemigo, el miedo te susurra que ni lo intentes, que es una mala idea, que no es para ti. El miedo no quiere que avances. Una vez leí una frase en inglés: Everything you want is on the other side of fear. Visualízalo así: el miedo es un lago que tú tienes que cruzar para llegar al otro lado. Depende de ti atreverte a cruzarlo, pero te garantizo una cosa: después de hacerlo, de sufrir durante el cruce pero perseverar en ello, la sensación es maravillosa. Es alivio, euforia, alegría, satisfacción, relajo, depresión, plenitud y vacío. No estoy enumerando adjetivos al azar: todos ellos son parte de la experiencia. No te digo más. Tú anda y cruza.

3.      El mundo no te debe nada. Si quieres conseguir algo, en cualquier dimensión de la vida, debes ir a buscarlo tú mismo. A menos que seas Aladdín, no existen las lámparas mágicas que conceden deseos. Para la mayoría de los mortales, las cosas se consiguen levantándose y haciendo el esfuerzo – muchas veces contra nuestras propias tendencias naturales – de ir en busca de aquello que deseamos.

4.      Si quieres hacer reír a Dios, háblale de tus planes. La frase no es mía, pero lo he vivido en carne propia, y creo que aplica a la mayoría de las personas, en alguna u otra esfera de la existencia. Si a mis quince años me hubieras dicho dónde quería estar en 20 años más, habría respondido que siendo un alto ejecutivo de una empresa, o incluso un emprendedor, con una familia grande, una casa con piscina, con vacaciones al extranjero una vez al año, bla bla bla. En resumen, la vida ideal que vendían en el entorno en el que crecí. Hoy, con los tropiezos y levantadas inherentes a estar vivo, no puedo imaginarme siendo todas esas cosas que deseaba a mis quince años. No estoy donde quiero estar, eso tenlo por seguro, pero esa idea de la felicidad ciertamente no es la que quiero para mí. Bueno, quizás un 25%, pero el resto… Si las cosas no resultan exactamente como las quieres/querías, no te angusties ni te deprimas ni seas duro contigo mismo innecesariamente. Sé flexible, reagrupa tus tropas, rediseña tu estrategia de batalla, cambia tus objetivos a algo más realista (que no equivale a conformista) y bueno… vuelve al ruedo, que estás vivo y hay que seguir avanzando.

 

Bueno, eso es lo que se me ocurre por hoy. Este es, como ya pueden ver, mi primer posteo y este blog no tiene un objetivo claro más allá de escribir lo que se me ocurra. Como dije, no soy un arquero, sino un caballero, y uno particularmente errático que seguramente cabalgará adonde se le ocurra, sin rumbo fijo. Lo que sí sé, pues soy humano, es que encontraré batalla, y de una u otra manera estaré listo para ella. Hasta la próxima. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Un día de mierda